Héctor Hugo García
de Alba Rivas
EL DESIERTO DEL ALMA
Para que una consciencia se apague, otra debe despertar
¿Qué hacer en el desierto?
Nada. No se puede «hacer» para salir del desierto. El desierto es una condición del «ser».
© 2021
© 2021
Héctor Hugo García de Alba Rivas
El Dr. Héctor Hugo García de Alba Rivas es médico cirujano militar y pediatra,
cuya trayectoria evolucionó de la precisión quirúrgica hacia la sanación integral
del ser. Especialista en hipnosis ericksoniana, mindfulness y constelaciones
familiares, encontró en el desarrollo humano su verdadera misión de vida.
Tras superar un colapso físico y espiritual, hoy abraza una existencia de
plenitud y aprendizaje continuo como esposo y padre de cinco hijos.
Actualmente, integra su rigor científico con la psicoterapia, acompañando a
otros desde la sabiduría que nace de la propia reconstrucción. Su enfoque une
la medicina técnica con una profunda espiritualidad para acompañar a otro ser
humano en su búsqueda de salud.
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EL DESIERTO DEL ALMA
¿Qué hacer en el desierto?
Nada. No se puede «hacer» para salir del desierto. El desierto es una condición del «ser». El único camino es habitarlo; permanecer en la quietud, en la nada, sin intentar llenarla con nuevos proyectos, metas o búsquedas. Es el momento de la vía negativa, el sendero de la negación, donde la fe no se sostiene en lo que se siente o se comprende; se apoya únicamente en la existencia desnuda ante el Gran Misterio. La misión ya no es «hacer algo notorio para la humanidad». Se exige ahora algo infinitamente más difícil y radical: consentir a la propia nada para que el «Todo» pueda ser. No se trata de una pérdida del sí mismo; sino del abandono del falso Yo para encontrar aquello que realmente Es. El amor infinito que se percibe es la textura misma de la realidad. No hay más. Y esta solo se vuelve perceptible cuando el estruendo del ego y su incesante búsqueda de importancia finalmente cesan. Este desierto no representa el final del camino. Es el terreno sagrado donde una nueva forma de conciencia —una que no depende del legado ni del orgullo— puede, en el tiempo de Dios, comenzar a brotar. Es la noche que precede a un amanecer que uno aún no es capaz de imaginar. La única tarea es la de la paciencia, la de la espera sin esperar y la de la fe en la oscuridad.
EL DESIERTO DEL ALMA
Capítulo 1
CRÓNICA DE UN COLAPSO ANUNCIADO
El afán de hacer
«¡Tienes una misión!»… «¿Tienes una misión?»… Cada una de estas frases consiste en
tres palabras, seis sílabas, quince letras, y, sin embargo, por la forma en que están
enmarcadas, cada una tiene un significado completamente distinto. Para muchos este
será un simple juego semántico, pero no lo es. Reflexiónalo por unos segundos: ¿la
significación está siempre condicionada por un entorno delimitado, un sistema cerrado?,
¿o existe significado más allá de toda enmarcación, más allá de los límites? Si la última
frontera fuera la muerte, todo cuanto la cruce ¿dejaría de tener sentido? Y si por alguna
extraña, improbable o desconocida razón, aquello fenecido regresara a vivir, ¿volvería a
tener significación dentro de los confines de la vida?, ¿sería el mismo significado, sería
diferente?... No me resulta fácil expresarme, pero sé que resonarán con muchos más las
páginas que voy a escribir.
«Con pasos firmes, saca el pecho, pierna recta, punta del pie recta; levanta la
pierna y pon tu cuerpo rígido, de fibra; tus manos rectas, sin hacer “conchita”». Estas
son las órdenes que escucha un soldado que está practicando para un desfile en el
ejército, donde mostrará lo mejor de sí: gallardía, voluntad, esfuerzo. No hay lugar para
el dolor ni el cansancio. Su cara, al igual que su postura, tiene que mostrarse
imperturbable, hasta un poco adusta. «Frunce el ceño. No sonrías. Eres un soldado. El
honor es lo que importa. Muestra disciplina; que cada paso demuestre que tienes el
valor de dar el siguiente, no importa qué hay al frente». Esto es parte de lo que significa
ser militar; una experiencia que inició en mi vida apenas terminando los dieciséis años
de edad.
Desde ese momento, y sin darme cuenta, mi quehacer se convirtió en una
marcha, en un continuo desfile de gallardía; todo el tiempo tenía que cumplir objetivos
y «echarle fibra», como dirían en las filas. Incluso después de esa etapa, aunque el
contexto cambió, la esencia de las órdenes no: «¡Dr. Héctor Hugo, tienes una misión
que cumplir!». De alguna manera, en mi mente se grabó la idea de que yo no era un
simple médico, no era un cirujano pediatra y nada más; la encomienda que creí tener se
extendía fuera de mí mismo: con el país, con los pacientes, con la sociedad. «No puedes
fallar, así que busca dentro de ti qué tienes que hacer para cumplir», sonaba en mi
cabeza con un eco seco… pero no sabía de dónde venía esa voz.
«¿Y cuál es la misión? ¿Cuál es mi misión?», preguntaba algo en mi interior
—mi alma, quizás—. Sin respuestas, me convertí poco a poco en un autómata: por mis
oídos entraba el sonido, pero yo no escuchaba; por mis ojos entraba la luz, pero yo no
veía. Mis radares mentales, llenos de creencias y paradigmas de existencia, procesaban
de manera tan fútil como errónea los estímulos que recibía de todas partes. Me convencí
de estar en una búsqueda en la que la primera misión era encontrar la misión; una labor
que verdaderamente construyera mi legado, pues, de lo contrario y sin menospreciar al
gremio, pasaría desapercibido como un médico más.
En mi ofuscamiento, renuncié al éxito en la cirugía pediátrica, al éxito que una
vez me emocionó: ser como uno de mis maestros, brillante, reconocido a nivel mundial,
ser líder en mi área, desarrollar una técnica novedosa que brindara una solución
definitiva a lo que nadie había podido resolver. Renuncié a eso a pesar de que fui
inspirado por grandes colegas. El mismo maestro y líder de la cirugía pediátrica a nivel
mundial, después de presentar mi tesis, mi trabajo de investigación, me dijo: «Muy buen
trabajo, sigue así, publícalo; tienes futuro si sigues así». ¡Qué emoción! Un gran líder
mundial en la cirugía pediátrica me dijo eso. Parecía que el camino estaba marcado; él
era un ejemplo, y yo solo tenía que seguir sus pasos. Pero no, yo tomé otra ruta, una
muy distinta que ni siquiera tenía sentido.
Recuerdo que, a punto de tomar decisiones, el creer a ciegas, el pensar a medias
y el hacer a la fuerza siempre inclinaban la balanza, y de tal suerte proclamé en un
arrebato para mis adentros: «¡Sí!, el maestro vio algo en mí, pero lo haré distinto»… Y
la voz regresaba: «¿Y qué es distinto?». «¡No lo sé!, pero distinto», yo repetía cada vez.
Entonces inicié una gran carrera llena de obstáculos en la que, por supuesto, bajo mi
óptica de aquel tiempo, mientras más obstáculos hubiera, mejor. Mi cabeza se convertía
en un hervidero de ambiciones: ¿qué tal esta subespecialidad?, ¿o esta otra? Todas me
atraían como un imán al metal. Los pensamientos, los deseos y las metas se
amontonaban, lo que asfixiaba cualquier asomo de pausa.
Mientras tanto, en el camino, la vida afuera continuaba su curso ajena a mi
vorágine. Mi primer matrimonio resultó ser una fantasía, un caos absoluto que
finalmente se fracturó de forma irreparable. Mis hijos quedaron heridos, muy
lastimados, y yo me encontraba allí, inerte, sin saber cómo controlar los daños. Alguien,
en un destello de lucidez que yo no poseía, me increpó: «Repárate tú. ¿A quién
pretendes ayudar si no te reparas primero a ti mismo?»… Ojalá le hubiera hecho caso.
Más adelante, el trabajo se volvió extenuante. Cubría mi turno y los turnos
siguientes en cada hospital donde laboré. Cuando no era por mi horario, era por una
guardia; cuando no, porque el encargado no aparecía o porque, sencillamente, yo era el
único cirujano pediatra disponible. Eran horas y horas de una responsabilidad doliente,
alimentada por la creencia egocéntrica de que de mí dependía salvar vidas. Actuaba
como si la muerte careciera de sentido o de lugar en el orden natural; para mí, ella era la
enemiga personal. ¿Cómo iba a entregar un cadáver a los padres de un niño?
Muchos días, tras levantarme de madrugada o dos horas antes del amanecer,
sentía el peso del cansancio acumulado del día anterior. Aun así, una voz imperativa me
arrastraba: «Si me llamaron a mí, ya no puedo fingir ignorancia. Si el niño empeora,
será porque no acudí. Debo ir aunque no sea mi turno».
Se podría pensar que, al estar en el ejército, uno solo debe cumplir y punto. Me
repetía que al retirarme de las filas todo sería diferente; sin embargo, la realidad se
encargó de desmentirme. Por azares de la enfermedad, una compresión radicular lastimó
permanentemente uno de los nervios de mi pie izquierdo. Aquella lesión me obligó a
jubilarme del ejército algunos años antes de lo previsto. Pero en la vida civil, al
integrarme en hospitales gubernamentales, el patrón se repitió. Así era yo: incapaz de
pronunciar un «no» si ya me había enterado de una urgencia o si alguien solicitaba mi
auxilio.
«Hugo, sé que no te toca, sé que no es tu turno, pero este niño está muy grave y
necesita cirugía. Tú eres el único que responde la llamada; el cirujano general dice que
es muy pequeño y requiere a un especialista pediátrico». Escuché esa frase en repetidas
ocasiones. Vinieron muchas cirugías exitosas y otras tantas que no evolucionaron según
lo esperado; no obstante, en ambos casos, la carga de la responsabilidad recaía
exclusivamente sobre mis hombros. No me permitía considerar que la enfermedad
también jugaba sus cartas, que el cuerpo del niño, a veces desnutrido, también se
agotaba, o que existían circunstancias ajenas a mi voluntad. En mi cabeza no cabía otro
responsable del resultado que no fuera yo.
Muy probablemente estás pensando que eso se llama soberbia, petulancia, un
ego del tamaño de un auditorio. Y tienes razón. El ego de un médico suele ser enorme, y
el de un cirujano es todavía mayor; a veces alcanza las dimensiones de un recinto para
cinco mil personas. Es una fuerza que te ciega bajo el disfraz del deber o el juramento
hipocrático. «Solo tú puedes —me decía la vida, o quizás me lo decía yo mismo—. Es
tu misión». Y así, uno vive abandonando todo lo que también importa en favor de esa
encomienda absoluta. El resultado fue cansancio, más cansancio, un agotamiento
infinito que dio paso a los conflictos y a los reclamos. Porque, al final del día, también
era mi misión ser padre, ser esposo y ser hijo; funciones que el uniforme de la falsa
omnipotencia me impidió ver durante demasiado tiempo.
En aquel momento, ya me encontraba inmerso en un segundo matrimonio, con
dos hijos más a cuestas. Los duelos profesionales y sentimentales se acumulaban como
sedimentos en el fondo de un río; eran cargas que volvían lento y errático el caminar.
No obstante, la vida siempre halla formas de confrontarnos, de ponernos contra la pared
cuando el colapso parece inminente. Fue entonces cuando me alcanzó lo que la
modernidad denomina «burnout». Todos hemos escuchado el término; la traducción
más sencilla sería «fatiga laboral», pero la definición técnica es incapaz de abarcar el
vacío que provoca. ¿Por qué, aun conociéndolo, aun siendo médico y teniendo
consciencia de su existencia, uno es incapaz de reconocerlo en el espejo?
Me encontraba sin salida. De pronto, sobrevino una enfermedad grave: una
trombosis de la vena femoral. Esta vez, el cuerpo gritó con una voz que sí logré
escuchar: «¡Basta!». Decidí que la vida institucional había llegado a su fin; era un peso
excesivo y debía detenerme. De ahí en adelante, me dedicaría exclusivamente a la
medicina privada; entregaría mi cien por ciento en ese ámbito. Así, instauré nuevas
rutinas: la caminata matutina, la meditación al alba... Sin embargo, el problema de las
rutinas es que, a la larga, no dejan de ser mecánicas; seguía siendo un autómata
moderno.
«¿Y ahora cuál es mi misión?», preguntaba de nuevo algo desde mi vacío.
Creyendo tener todo el tiempo del mundo, mi mente ofreció una respuesta: «Te
enfermaste por cansancio, por una fatiga del querer ser, del anhelo de lograr». Mi
pasión, mi cólera y mi tristeza habían somatizado en el cuerpo. ¿Acaso podía ver ahora
que mis pacientes padecían lo mismo? Me convencí de que era un nuevo Hugo el que
emergía, uno dotado de una claridad distinta, y de ese despertar surgió, inevitablemente,
un nuevo sueño: sanar al ser humano también en su emoción, en su consciencia. ¿Por
qué no habría de ser posible?
Así irrumpieron las constelaciones familiares en mi mundo. Un nuevo querer
trajo consigo una nueva respuesta. Sin embargo, caí en el mismo error: a una misión le
seguía otra, y a cada querer, una nueva meta. Me disculpo por la reiteración, pero es la
única forma de que comprendas cómo surge este bucle inagotable, esta espiral que
siempre, sin excepción, termina en el cansancio absoluto o en la nada.
En medio de esa vorágine, brotó un nuevo ser espiritual y, con él, rumbos y
deseos bajo esa misma etiqueta. «¡Esto puede llevarte a un desbalance total!», me
advertía una intuición remota. Porque yo era espíritu, es cierto; pero también era cuerpo
y materia. El cuerpo requiere sustento, la mente anhela certezas y el corazón desea
vínculos. Entonces, desde esa supuesta abundancia espiritual, busqué la abundancia
financiera. «¿Por qué no tengo abundancia material?», me cuestionaba. Decidí que
debía hacer crecer mis finanzas y alcanzar la riqueza.
Fui sumando capas y más capas de exigencia y sentía que lo estaba logrando:
según los cánones del éxito del materialismo espiritual, yo mismo fui los nuevos ídolos
de barro que construí. El Dr. Héctor Hugo se convirtió en «el Doctor Hugo», un médico
holístico —el mejor de la ciudad, por supuesto— que redujo el uso de fármacos para
sustituirlos razonablemente por homeopatía, herbolaria y acupuntura. Vinieron más
cursos, más diplomas, más acreditaciones. «Aquí está la misión —me decía—: sanar de
manera holística». Llegué al extremo de pensar que solo me faltaba sanar con las
manos, realizar cirugías energéticas que no requirieran bisturí. ¿Qué locura, no es
cierto? No pretendo juzgar la validez del Reiki o de las terapias vibracionales; no es el
objetivo de este libro discutir su veracidad ni situarlas en el ámbito de lo irracional. A lo
que me refiero, más bien, es a mi propia locura: esa pulsión por hacer más, lograr más y
abarcar más. Esa es la verdadera enajenación.
En ese estadio, pensaba que el siguiente paso era inaugurar una clínica materno-
infantil, pero con un enfoque «holístico» e integrativo, donde el parterismo profesional
recuperara su lugar. Me preguntaba si algo así existía en México y me di a la tarea de
investigar. Las respuestas llegaron a través de una amiga que, en aquel entonces,
ocupaba un alto cargo directivo en la Secretaría de Salud federal; ella me condujo a una
clínica en Chilpancingo, Guerrero, que materializaba lo que yo proyectaba. Era un
centro dedicado exclusivamente a la atención de partos. El impacto mental fue
irreversible. Mi idea no era una locura; aquello era una necesidad tangible. Vi
licenciadas en enfermería con un conocimiento obstétrico vasto y a una ginecóloga que
evaluaba con precisión si el parto sería natural o si requeriría una cesárea. Todo era
seguro, profesional y protocolizado. Decidí que replicaría ese modelo en el sector
privado, incluyendo, desde luego, la pediatría. Una nueva misión, un nuevo querer.
Hago una pausa aquí para que logres observar esta carrera frenética de
pensamientos y deseos, uno tras otro, alimentados por una industria de cursos, pódcast y
conferencias que te repiten al oído: «¡Tú puedes! ¿Cómo es posible que no lo hayas
logrado con tanto potencial?». Podría extenderme varias páginas detallando todo lo que
hice para convertir ese sueño en realidad: más tareas, más cursos de emprendimiento,
finanzas, sociedades... una acumulación infinita. Y en medio de todo aquello, de forma
tanto superficial como profunda, mi vida personal se encontraba inmersa en un caos sin
rumbo, perdida en misiones que aparecían sucesivamente sin tregua.
Experimentaba la sensación inmensa de que podía alcanzarlo todo. Y así fue: fui
logrando metas, fui construyendo la imagen del «Dr. Hugo», una fachada lista para
convertirse en autoimagen. Involucré a mi esposa en muchas de estas misiones; la
arrastré hacia mis anhelos y le hice creer que también eran suyos. Arrastré también a
mis hijos hacia mis imprudencias y mis frustraciones. No tengo duda de que era un buen
vendedor del proyecto: poseía pasión, soñaba despierto. Mientras tanto, mi esposa
atendía las necesidades de nuestros hijos y yo intentaba, a medias, atenderlo todo. En un
plano fantasioso de mi mente, los hijos de mi primer matrimonio crecían exitosos,
convencidos de que, a pesar de todo, tenían un gran padre y una gran madre. Pero Hugo
seguía siendo Hugo; no había razón para que fuera diferente.
A veces, lograba rescatar un pedacito de paz. Quizá ocurría en el camino,
mientras recitaba mis oraciones. Había una, especialmente poderosa, que me
acompañaba desde la juventud, pues fui criado en la fe católica. Recuerdo que me
encontraba en una iglesia de la Ciudad de México —¿cuál?, no importa—. Allí
pronuncié estas palabras: «Señor, mi Dios, no dejes que me pierda; guíame hacia ti. No
permitas que mi cuerpo muera sin que mi alma viva y refleje tu luz eterna». La oración
iba dirigida a Dios, pero también a mí mismo; solo que entonces lo ignoraba. En el
sendero hacia mis logros, metas y misiones, todavía me faltaba descubrir la parte más
densa del camino: mi propia oscuridad. Aquello que Carl Gustav Jung llamaría «la
Sombra»; esa parte de nosotros que nadie, bajo ninguna circunstancia, desea ver.
Mi sombra se disfrazaba, una y otra vez, de buenas intenciones, de ideas
brillantes, de versiones mejoradas de mi propio ser. Conforme avanzaba en cualquier
proyecto, esa oscuridad emergía y mi ego, siempre presente, pretendía superarla; ese era
su plan, una estrategia bien tramada para mantenerme en movimiento. La sombra
aparecía camuflada bajo el velo de nuevos deseos, de imágenes inéditas y de dudas que
brotaban de mi inseguridad. Porque esa sombra se alimenta de miedo, de incertidumbres
y de todo aquello que detestamos de nosotros mismos. Intenté destruirla con más
acciones, con nuevas respuestas, con actitudes impulsivas o pasivas que solo lograban
develarla más. Incluso mis sueños la escondían. Aquella petición que hice hace tres
décadas poseía una esencia y una profundidad que no alcancé a comprender en el
momento de pronunciarla.
Despertaba cada día con una voz interna que me hablaba en idiomas que solo yo
comprendía, repitiéndome: «No, aún no lo logras. ¿Te das cuenta de que no eres
perfecto? Te falta mucho, Hugo; nada está bien, tienes más fallas que aciertos». ¿En
serio? ¿Y la misión? ¿Cuál es mi verdadera labor? ¿Soy médico, soy sanador? ¿Qué
soy? ¿Un chamán? Dije que no quería serlo... ¿Entonces qué soy? Estas preguntas
actuaban como alfileres clavados en mi pensamiento, en mi consciencia y en mi cuerpo
a través del dolor y de enfermedades triviales. ¿Mi respuesta? Por supuesto, más cursos,
más búsqueda, más ruido, más espejismos.
Pero el cansancio era real, por Dios que lo era. A veces ya no quería levantarme;
me invadía el hastío de repetir lo mismo. Una nueva interrogante comenzaba a germinar
dentro de mi cabeza: «¿Para qué tanto empeño con los pacientes?». Ellos volvían a lo
mismo; parecían no querer despertar. Un día asistió por enésima vez a consulta la madre
que sobrevivía en su relación tóxica; le ofrecí no cobrarle y ella reaccionó como si la
hubiera expulsado. Seguía igual. ¿Y aquel niño que protagonizaba mis pesadillas?
Seguía igual. ¿Qué estaba haciendo? ¡Mis tratamientos no funcionaban!
Era un panorama desolador, vacío, y aun así yo continuaba en el mismo camino
porque, de vez en cuando, surgían pequeñas alegrías. Lograba algún cambio en mi
actitud con mis hijos o con mi esposa. De pronto, llegaban padres agradecidos porque
su hijo sanó después de haber visitado a múltiples especialistas. Otros decían: «Mi niño
solo entra al consultorio y ya mejora» —un fenómeno que nos sucede a muchos
médicos—. Escuchaba frases hermosas, recibía dibujos de niños agradeciéndome...
Siendo justo, no todo era cansancio, agobio y error; esos destellos me impulsaban a
continuar, con la esperanza de despertar a una consciencia más clara. Pero ¿valían la
pena? ¿Verdaderamente valían la pena? La pregunta me atormentaba. Y aquí me
gustaría detallar un poco más cómo era mi diálogo mental en un día cualquiera de
aquellos aciagos días:
«Más. Me falta más. No me esfuerzo lo suficiente». Ese pensamiento, un
reclamo de origen desconocido, retumbaba a diario. Yo sentía la obligación de hacer
más. Era como tener un entrenador de fuerzas especiales que me exigía el máximo
porque yo «podía dar más»; como un guía malévolo pidiendo lo mejor de mí porque,
supuestamente, hay algo superior oculto en mi interior. «No sé por qué no lo logras, ¡lo
tienes todo!». Me refugiaba en afirmaciones positivas, autohipnosis y un gimnasio
emocional y mental extenuante. Afuera, el mundo gritaba ese mantra ripioso y extremo
del echaleganismo: «¡todo lo puedes lograr!».
«¡Estoy cansado! ¡Por favor, estoy agotado, ya no me arrastres!», suplicaba yo.
No podía más; me faltaba el aire y mis piernas se negaban a moverse. Entonces, la voz
de mi entrenador interno volvía a exclamar: «¡Hasta que mueras! ¡Todavía no
mueres!»…


